Edelweiss de Nume II.

Prólogo.

 

 

Habían sido muchos los momentos límites vividos en un solo día: La hasta ahora victoriosa incursión en Terráqueo; una proeza nunca narrada en toda su historia. El sometimiento del sistema de los Subdragones, aquellas máquinas tiradas por Dragones cuya voluntad había sido suprimida entre el ozono. La incursión en el laboratorio de Terráqueo, en el propio edificio Presidencial. Enfrentamientos a muerte con Quimeras, soldados a los que Magno, el líder de las entrañas de la tierra, había dejado sin su propia voluntad hasta el punto de poder manipularles plenamente. Títeres huecos: tal y como yo había sido manipulado en cuerpo y alma una vez. Justo antes de que Draga me rescatase milagrosamente de las garras de Magno, con la fuerza más poderosa que jamás había conocido: El amor. 

 

            El grupo había podido pisar el Cielo, los más secretos dominios de Magno, y escapar para contarlo… al menos por el momento. Y en todo este trayecto, Draga había sido la guía y espada que los había salvado.

            Todavía no podía creer que hubiese sido ella quien les había acompañado en toda su odisea, oculta bajo aquella capa verdosa. Disfrazada de Nepa, la infame Quimera escorpión; enfrentándose a los monstruos más poderosos conocidos bajo tierra, manipulando los sistemas de seguridad de Terráqueo con la misma facilidad que si moldease arcilla, y al mismo tiempo engañando con su actuación al propio amo de las Quimeras. 

            Gracias a ella habían podido escapar de la muerte, el sometimiento, la tortura y la prisión. Y ahora les guiaba hacia fuera de los dominios en los que poco antes habían penetrado.

            Según había averiguado Draga gracias a sus facultades psíquicas, Terráqueo no podría ser destruido desde allí, ya que una explosión en el subsuelo sería expandida hacia el resto del planeta a través de los conductos de ozono. Terráqueo no sería dañado por esa destrucción; tan solo transformado en el amo del resultante mundo de las cenizas.

            Draga tenía un plan: Pero para cumplirlo, primero debían escapar precisamente  de donde con tanto trabajo habían conseguido llegar.

 

            Por mi parte, una vez más yo no podría formar parte en tan heroica gesta: tan solo era un espectador inerte, un pensamiento sin boca para pronunciarse. Un mero parasito que necesita de las mentes de otros para existir; y era precisamente a través de estas desde las que en cierto modo seguía conectado a la vida: observando el mundo a través de ojos que no me pertenecían. Mi nombre, Sombra, era fiel reflejo de mi actual estado. Aquel repudiado por la luz: una simple proyección diáfana de la existencia.

            Mi cuerpo se había perdido hacía ya seis años, y durante ese tiempo tan solo había tenido fuerzas para buscar a Draga. La mujer que cuando yo era una inerte Quimera, supo encontrar la forma de devolverme mi humanidad. La heroína a la que siempre amaría; el único pensamiento sólido en mi atormentada mente, que hundida entre el ozono y la desesperación, amenazaba con perder su poca cordura.

            Mis pensamientos me hacían olvidar, rememorar… Y no siempre sabía si las ideas que a veces me reconfortaban o atormentaban eran mías. Desde que había vuelto a verla, mi media vida entre tinieblas había retomado su sentido: pero al parecer, el momento en el que nos habíamos separado en el pasado, había sido tremendamente traumático. Yo no recordaba donde me hallaba entonces, y la actitud de la ahora amargada y herida Draga, me hacía intuir que mi triste existencia quizás había tenido algo que ver con la tragedia de Último Destino: Su hogar, que había sido anegado en llamas el mismo día en que yo había perdido el contacto con mi propia vida.

            Deseaba averiguar qué había pasado, pero al mismo tiempo temía la verdad: ¿Acaso si mis peores temores fuesen ciertos podría dejar de existir? ¿Podría desvanecerme como la nube inerte que era, si el pesar se hacía demasiado insoportable como para desear seguir consciente?

Lo dudaba mucho: Fuese cual fuese mi suerte, lo único que sabía con certeza era que seguiría al lado de Draga. Solido o gaseoso: No importaba el modo. Mi amor por ella era una ciencia exacta, tan precisa como la gravedad que te impulsa al vacío en un precipicio.

 

 

 

 

Edelweiss de Nume II. Último Destino.

Próximamente a la venta.


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