Edelweiss de Nume. La sombra bajo el viento

 

 

«A lo largo de mi vida me he enfrentado a los mayores poderes:


El odio, que conduce a la guerra.


La supremacía, que a unos alza vigorosos, y a otros hunde en la sumisión.


La codicia, raíz de todos los males.


Y a Draga, que me enseñó la mayor fuerza de todas: el amor».

                                 

                                            Sombra.

Prólogo.

 

 

A veces creo que estoy soñando. Otras que el tiempo transcurre normalmente a medida que presencio cada mañana, cada puesta de sol.

Hace seis años que la busco, y desde entonces he ido de mente en mente; percibiendo recuerdos tristes y alegres, nostalgia por tiempos pasados, ansias por vivir momentos futuros. Cada día que pasa, cada mente que abandono y cada nuevo pensamiento en el que me instalo… siempre son extraños. Nunca son mis propios pies los que me impulsan, sino mi propia voluntad desesperada, anhelante de volver a verla. Como si el hombre que una vez fui se hubiese convertido en un simple parásito que necesita de otros para seguir subsistiendo, una nube que puede esfumarse en la primera tormenta.

Si realmente ha muerto, nunca habrá otra igual que ella. Draga, así le llamaban a la razón de mi existencia pues nadie sabía su autentico nombre, ni siquiera ella misma.  Decían quienes la habían bautizado así, que este se debía a que siempre estaba rodeada de dragones y otras criaturas poderosas.

Para mí, el pasado solía ser un reconfortante soplo de aire fresco, pero de un viento que soplaba caprichosamente. Ahora mis recuerdos estaban dispersos, como si alguien hubiese agitado el frasco de mis memorias para desparramarlas desordenadamente. Olvidaba y recordaba constantemente, ideas que antes tenía claras permanecían difusas y entrelazadas a otras que ni siquiera sabía si eran mías.

No era simple curiosidad morbosa lo que me impulsaba a invadir la intimidad de cuantos extraños se cruzaban en mi camino, ni tan siquiera se trataba de una mera distracción para olvidar mi propio dolor mientras me recreaba en el de los demás. Buscaba unas características concretas en los pensamientos de la gente. Mi finalidad y todo mi empeño era escuchar aquel nombre de nuevo entre ellos… el más leve murmullo de que ella continuaba respirando. Draga parecía ser lo único que permanecía imborrable en mi mente, aunque no pudiera oírlo más allá de sus fronteras. Sus cinco letras eran sólidas, tal como una roca resiste los embistes de las olas en medio del agitado mar.

 

Aquí, dondequiera que me halle, aun recuerdo el calor de su cuerpo, el olor de la batalla, la pérdida del libre albedrío y la lucha por conservar el control sobre mis propios actos…  el dolor de la soledad, y la creencia implantada de que en eso consiste realmente ser fuerte. En cambio ella me enseñó que el poderoso es quien tiene a alguien a su lado. Por eso la busco desesperadamente; aunque todo me indique que ha muerto, no pienso desistir hasta ver su cuerpo sin vida, o, en el mejor de los casos, transformado por la tragedia, como un animal herido que saca sus fuerzas de donde nadie hubiese adivinado que existieran para continuar viviendo. Yo ni vivo ni muero hace seis años. Puedo ver por los ojos de cualquiera, menos por los míos. Ni siquiera sé si continúo en este mundo…

 

 

 

 

Capítulo 1. Cinco en el Subdragón

 

Sombra… Así sonaban juntas ambas sílabas que conformaban mi propio nombre. Y estos años más que nunca, podría decirse que el título que alguien me había asignado antaño, iba perfectamente conmigo. Un pensamiento inexistente y errante. Necesitado de la presencia de otros para existir; aunque si lo hacía, era de alguna forma indefinible. Aquél para quien su nombre solo obtuvo significado la primera vez que lo escuchó audiblemente de sus labios.

Draga lo era todo para mí, por lo que sin ella, la vida no significaba absolutamente nada. Ahora mismo, yo tan solo era mi propio espejismo: una pretenciosa sombra que inútilmente trata de reflejar el vuelo del viento.

 

Aquella mañana comenzó todo de nuevo para mí, como un punto y aparte en mi vida. Como en su día lo fue el instante en que llegue a Último Destino: esa mañana nublada en la que contemplé por primera vez a esa chica de unos 19 años. Tenía una larga melena negra a juego con sus enormes ojos. Su rostro era lo más bello que había visto nunca: perlado y pálido, de rasgos perfectos envueltos en un halo de misterio y poder. Era pura fibra y músculo a punto de estallar cuando me encasilló junto al resto de amenazas a la paz del que por aquel entonces era su hogar.

En su pueblo todos esquivaban mi presencia. La gente solía definirme como “extremadamente alto y fuerte, y además, una Quimera”. Yo no lo entendí ese día... en realidad, por aquel entonces no sabía nada en absoluto de la vida. Mis ojos veían, pero no era yo quien recibía la información tras mis pupilas. Mis pies me movían, pero no a donde yo deseaba. No obstante, y contra todo pronóstico, algo comenzó a cambiar en mí desde el momento en que la vi.

Los dulces recuerdos de aquel primer encuentro me abandonaron, y de nuevo me sentí desamparado y solo. De vuelta a un presente que no había elegido, donde Draga no estaba y del que yo no podía escapar.

Aquella mañana gris, como lo son todas cuando estás bajo miles de kilómetros de tierra, sujetados por vigas y estructuras metálicas, observaba con desgana a través de los ojos de Pablo, uno de tantos empleados de Terráqueo. La chapa con su nombre clavada en su uniforme, era todo cuanto quedaba en él de humanidad.

Fieles y obedientes a su señor, estos obreros son autómatas sin voluntad que jamás se retrasan en su trabajo, ni se equivocan en sus funciones. A condición de esto pueden tener una bonita casa en la zona rica de Terráqueo, dar de comer a su familia y permitirse una infinidad de lujos. Así trata Terráqueo a sus empleados eficientes. Pero en realidad no son personas, sino meras herramientas. Objetos sin planes futuros, sin sentimientos. Sin más metas que agradar a sus jefes, sin más tristeza que el día en que no sean necesarios para su empresa. Aunque al no tener sentimientos nunca llegan a esa conclusión por si mismos; no hasta que su corazón deja de latir y su cuerpo es  abandonado en algún recóndito vertedero. Muñecos sin alma, máquinas programadas para ejercer con repetitiva precisión las mismas órdenes…  un adorno hueco. 

No los culpo, lo cierto es que me recuerdan a mí antes de despertar de aquel dominio del que era inconsciente. Algo que nunca se hubiera creído posible.

 

Pablo esperaba con tranquilidad al borde de la vía, en la estación número 461 de la zona rica, como se le llama vulgarmente a la «capital»de Terráqueo. Las estaciones están bajo tierra, y las vías en realidad se llaman así en honor a los antiquísimos trenes en los que hace muchos años el hombre se transportaba lentamente de un punto a otro. En realidad son tubos de millones y millones de kilómetros de largo, que dan la mayor vuelta posible antes de llegar a su destino. Así la gente se ve obligada a ir a cualquier parte en ese método de transporte que comprende todo Terráqueo, y se dice que parte del resto del mundo conquistado. Aunque estuviese más cerca un punto de otro, los conductos son tan resbaladizos que es imposible permanecer de pie en ellos. Caerse ahí seria una muerte segura.

Un transporte convencional no podría cubrir esos millones de kilómetros en minutos; ninguna maquina creada por el hombre podía alcanzar tanta velocidad como los dragones. Su poder iba de la mano de su desgracia. Hombres e Icarios comprobaron que sus vecinos los dragones eran muy poderosos: unas razas más veloces, otras más inteligentes, y otras más fuertes que el resto. Lo que les llevo a la conclusión de que si sus maquinas ni siquiera podían aproximarse a su gran poder, entonces debían dejar de vivir como amigos de los dragones, más que como amigos, como habitantes por igual del mismo planeta, y dominarlos.

Dominar a un dragón no era tarea fácil; desde él más débil hasta él más fuerte, la cualidad predominante en estos hermosos animales era el orgullo. Jamás serían sometidos por nadie, antes morirían. Era por eso que a día de hoy, había pasado de ser normal ver a los dragones surcando libres los cielos, a ser simplemente un cuento que las madres contaban a los niños antes de ir a  dormir.

Una gran batalla acontecida hacía ya mucho tiempo, enfrentó a los dragones contra una alianza entre Terráqueo y los Icarios. Los dragones aunque eran poderosos perdieron. Algunos huyeron, la gran mayoría murió, y los demás fueron esclavizados por Terráqueo, quien desde entonces, mediante métodos terroríficos, ha conseguido moldearlos a su antojo, igual que hace con los humanos e Icarios que trabajan sin descanso ni queja para este.

Los dragones, una vez amansados fueron utilizados para la vida cotidiana de la gente. Los trenes que recorrían las entrañas de la tierra no eran otra cosa que dragones sin voluntad propia  empujando dos cámaras. La delantera constaba de un viejo cajón, por llamarle de alguna manera, donde la gente de la zona pobre de Terráqueo sin pase para la capital se veía obligada a viajar. La parte trasera en cambio era todo lo contrario, un descarado lujo y sobrecarga de oro, plata y dientes de dragón, más valiosos que los diamantes, adornando las paredes y techo. Servicio de cafetería, piscinas, habitaciones, y toda clase de lujos. Algo que había hecho famosa a la ciudad en todo el mundo, que se moría de hambre y desgracias, y cuyos jóvenes soñaban con recibir una carta de Terráqueo llamándolos a sus filas. Esa era la táctica… entrampar con la fachada, una careta diseñada para ocultar el auténtico interior, la verdad que se conocía cuando ya era demasiado tarde para escapar, o para tener la sensatez de querer hacerlo.  

El Subdragón llegó a la estación como un rayo, en el mismo tiempo que se tarda en parpadear. Era bastante corriente. En la parte delantera, tirando del primer compartimento, había un dragón Guía de escamas verdosas; bastante pequeño, apenas del tamaño de un extinto elefante. Esta raza había recibido su nombre por su gran capacidad de ubicación, de hecho, habían sido los encargados de guiar  a todos los dragones a este planeta.

Ambos vagones estaban separados y unidos al mismo tiempo por un gran bloque de estargastina, sustancia extraída de la lava de los volcanes al enfriarse. Prácticamente irrompible y elástica, aunque no tan resistente como los jugos gástricos solidificados de dragón, pero mucho más manejable. La estargastina es  muy utilizada en Terráqueo, en cualquier tipo de construcción con un presupuesto medianamente elevado.

Dicho material hace a la vez de unión que de separación entre ambas clases sociales, impidiendo todo contacto visual o físico entre ambas. Así se evitaba la propagación de las enfermedades tan graves que poseía la gran mayoría de habitantes de la zona pobre de la ciudad, aquellas producidas por el continuo contacto con los conductos de ozono, sobre los cuales se veían obligados a vivir sin posibilidad de mudarse a otra parte.

Tras ambos compartimentos había otro dragón, este era un Coloso. Raza extremadamente fuerte, tan solo superada por los de la raza Antigua. Sobre esta última, existen pocos seres que no teman a esta clase de dragón, y tal es su poder que, los que son capaces de medirse con ellos, ni siquiera deberían existir en las peores pesadillas.

Los Colosos son conocidos por su fuerza. Aunque son bastante torpes, también son fáciles de amansar para Terráqueo, por lo que los utilizan siempre con un diestro dragón Guía delante. Así su cometido se reduce a empujar ciegamente, mientras su compañero lleva por los dos el plano que han de seguir en la cabeza.

La gente que esperaba el tren al borde de la vía se movía al unísono,  con extremada rigidez, como autómatas. Pablo vivía en la capital de la ciudad y esperaba ordenadamente su turno para entrar en su cámara desde el lado derecho de la vía, mientras la parte pobre lo haría por el izquierdo. Ambos mundos podían verse en la lejanía, pero nunca tocarse. Figurativamente, para recordar a los de la capital como sería su vida sin Terráqueo, y sobre todo, para enfatizar su desdicha a los pobres y convencerles de que nunca estarían al otro lado de la vía… O quizás sí; siempre y cuando accediesen a pagar el precio. A través de los ojos de Pablo me paré a observar el otro extremo, donde nadie se movía como un autómata. Allí en vez de esperar turno ordenadamente, la gente se apiñaba para entrar por la estrecha puerta del compartimiento y coger el mejor sitio.

   «Por fin gente normal». Me dije tras varios meses investigando la capital sin rastro de ella. Era agradable comprobar que en el mundo aun quedaba gente con su propia voluntad. Después de un tiempo entre tan sincronizado orden y escrupulosa perfección, contemplar un poco de humano caos, era como sentir la brisa en mi cara a pesar de estar bajo tierra.

Me fijé especialmente en un extraño personaje que estaba en pie al otro lado de la vía; firme e inamovible, como una estatua de hierro. Iba oculto bajo una larga capa gris verdosa, de la cabeza hasta los pies. A pesar de que la capucha le cubría la cara hasta la nariz, se intuía como observaba con pasividad todo a su alrededor, discretamente, sin llamar la atención de nadie, en especial el Subdragón. El dragón trasero, un Coloso de escamas rojizas y gigantescos ojos nostálgicos, resopló con tristeza levantando un gran vendaval sin esforzarse en absoluto. Su exhalación alzó  levemente la capa verdosa del misterioso viajero, dejando al descubierto sus piernas desnudas, calzadas con dos llamativas botas sorpresa, como les llaman los soldados a sus botas con armas ocultas: de puntera y tacón plateados. También llevaba unas mallas negras muy cortas, tejidas con carcasta, una tela fina como la que más, pero muy usada por los soldados para resistir bajas temperaturas, y como armadura, al ser muy difícil de atravesar. Sin embargo, solo se atrevería a llevarlas tan cortas alguien confiado en sus habilidades, o que desease morir en el campo de batalla. Parecían las piernas de una chica joven; concretamente de una muchacha robusta y de buena planta. Ella se llevó la mano a la capucha para evitar que esta también se alzase. Acto seguido, bajó la cabeza y se dirigió lentamente a la entrada del compartimento.

Un grupo de personas también sospechoso pasó velozmente tras ella. Sus ropas no eran harapos, como las del resto de pasajeros, sino que vestían armaduras y llevaban armas camufladas bajo estas, algo que no me fue difícil de detectar debido a mis años de experiencia en el campo de batalla. Desde lejos pude distinguir algunos de sus rasgos. Primero una chica rubia con largas mallas de carcasta y una camisa blanca bastante escotada, sobre la cual llevaba un corset de platino, no muy resistente para la batalla, más bien diría que su uso era más decorativo que protector. Esta le tapaba la cintura y el vientre, a los que este material se ceñía hasta mostrar curvas exageradas. Agarrado a su brazo, me pareció ver un gestotem, un arma usada para recoger oxigeno y transformarlo en fuego, o cualquier otro elemento. Un tubo de apenas el tamaño de su extremidad, muy ligero y bastante efectivo. También llevaba un pequeño puñal que no distinguí muy bien en la distancia. Si es que se trataba de una guerrera, cosa que dudaba, era la más desprotegida que había visto jamás…

Tras ella caminaba un hombre de unos cuarenta años, de gran estatura y complexión muy fuerte. Llevaba guantes de carcasta en sus manos y un traje de escamas de dragón; todo un lujo para un simpe soldado, por lo que intuí que se trataba de algo más. Su cara morena estaba casi oculta por su descuidada barba, y a excepción de esta no mostraba ninguna parte de su cuerpo desnuda. En los laterales de sus rodillas, sobre el pantalón verde  escamado, llevaba dos Trahakas. Había oído hablar vagamente de ellas. Pero aun los más enterados en armas ni siquiera saben con certeza como funcionan, ni que hacen exactamente. Su creador fue Sermes Flamas, el mejor artesano de armas con aleación de ozono que jamás ha visto el mundo. Nunca tuve la ocasión de conocerle personalmente en aquellos tiempos en los que trabajaba para Terráqueo. Él había logrado permanecer inalterado; jamás fue ozonizado, puesto que sabían que esto mermaría su talento,  demasiado valioso y único. Terráqueo se deshizo de él en minucioso silencio, nadie sabe cómo ni por qué. Más tarde copiaron sus armas, y hoy en día,  son las empleadas por las tropas de Terráqueo. En cambio, la mente de las Quimeras no puede inventar, tan solo copiar, por lo que desde la muerte del inventor no se han logrado introducir mejoras en las armas de ataque.

Tras el gigante avanzaba otro hombre, este de largo pelo negro y ojos oscuros profundos. Vestía capa y camisa grises, probablemente de seratón, la piel de los estanpiros, grandes depredadores de los polos. También llevaba una capa roja que casi tocaba el suelo, y pantalones negros de corteza de marcalán, un árbol vivo de los pantanos. En sus pies calzaba botas rojas hechas con estómago de micrón. No distinguí ninguna arma entre su equipo.

El último hombre llegó algo rezagado pero sin perderles la pista. Su pelo rojizo como el fuego me recordó a mi aprendiz, Furia, a quien le llamaban así en Terráqueo porque sus ojos se ponían del mismo color cuando se enfadaba, mientras que su fuerza se multiplicaba. A pesar de ser tan solo un humano, su ira lo volvía muy poderoso. Por si me recordase poco a él, además llevaba el traje típico de las Quimeras, los soldados de Terráqueo, el mismo que llevaba la última vez que lo había visto.

Para mi sorpresa, la débil luz que iluminaba la estación de enfrente parpadeó con intensidad el tiempo suficiente. Su cara se iluminó con la claridad, y entonces ya no albergué más dudas. Sentí mi corazón desbocado, como si fuese a salírseme del pecho de la alegría, y olvide todo lo demás. Rápidamente abandoné a Pablo y salté al otro lado de la vía para introducirme en la mente de Furia. Por fin alguien conocido, después de tantos años…

Estaba bastante cambiado, aparte de que tenía seis años más que la última vez que lo había visto. Estaba mucho más fuerte y adulto. Se había quitado ese flequillo que tapaba sus enormes ojos azules y junto con este parecía haber perdido toda su timidez. Su cara afilada mostraba la sombra de la barba no afeitada durante algunos días, y bajo sus ojos pude apreciar unas profundas ojeras acentuando su tez blanca. Sus manos estaban cubiertas con los guantes reglamentarios del ejército de Terráqueo: negros, de hueso de estirol, un depredador semejante a un oso y con la dentadura de un tigre. Su traje mostraba que aun era un soldado sin experiencia por su color marrón, mientras que los que vestimos los veteranos son totalmente negros, aunque de los mismos materiales. Llevaba una ligera coraza, algo que no se incluía en el uniforme, cuyos materiales parecían una mezcla de acero y juraría que también alagastor por el extraño brillo que emitía. Un material muy raro y difícil de conseguir, indestructible. Continuaba armado con un Multiforme, el arma reglamentaria del ejercito de Terráqueo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo, y yo lo sentí como propio: se giró hacia la vía cuando ya estaba en la puerta del tren, buscó con la mirada a la chica de la capa verdosa… pero había desaparecido.  La chica de pelo rubio acudió a su encuentro.

Dame un segundo, Caro.Le pidió Furia.

¡Date prisa, van a cerrar la puerta!La muchacha se asomo para averiguar qué era lo que su amigo buscaba tan desesperadamente¿Ocurre algo?

Es como si... Bueno, no importa.

 

Él también había percibido aquella extraña sensación por la proximidad de la muchacha de rostro misterioso… algo inexplicable, pero que instantáneamente había puesto en guardia nuestros instintos de soldados, o quizás alguno más humano. Fuese lo que fuese no podía ser explicado con palabras.

Furia entró en el vagón empujando a la tal Caro delante de él, y la puerta sé cerro tan solo un segundo después. En el interior los pasajeros estaban apiñados como ganado, unos pocos ocupaban los escasos asientos agujereados en los laterales, mientras que la mayoría permanecían de pie agarrados a las pegajosas barras sobre sus cabezas.

Furia se asió a una de ellas con su mano derecha, mientras que con la izquierda agarró a Caro por la cintura, evitando así que esta cayese con el brusco arranque del Subdragón. Pude notar como la chica  se ruborizaba, al igual que percibí que Furia no tenía la menor idea de ello. Lo cierto es que ella también se me hacía extrañamente conocida, pero en ese momento no se me ocurría donde podía haberla visto antes.

De nuevo la alarma se disparó en el pecho de Furia, señalada por la agitación de su propio corazón.  

Agárrate aquíFuria cogió la mano de la muchacha y la llevo a los hierros del techovuelvo ahora. 

No me dejes sola, no me gusta este lugarsusurró Caro, más molesta por perder el contacto con Furia que por el miedo que pudiese causarle aquel vagón.

Tranquila, tan solo quiero comprobar algo. Observa…dijo señalando cerca de ella a los otros dos que les acompañabanallí esta Manosindicó apuntando con su dedo índice al que era muy alto y fuerte—, y aquí Gabrieleste era el de la capa roja, yo volveré enseguida.

Aunque de mala gana, la chica se quedo sola mientras él atravesaba el vagón hasta el otro extremo, buscando con la mirada a aquella chica de la capa verdosa. La mayoría de la gente tosía constantemente. «Si no salían pronto de allí, acabarían enfermos de gravedad» «Pensé mientras Furia recorría el cajón entre la multitud». 

Aproximadamente cada dos minutos, el Subdragón hacía un alto y abría sus puertas, dejando cada vez más gente fuera del vagón. A medida que iba transcurriendo el tiempo, el tren se iba vaciando más y más, hasta que tan solo quedaron en el compartimento apenas una docena de personas.

Fue entonces cuando volvió a verla. Estaba pegada a una ventana, hacia la parte delantera del vehículo, observando absorta lo poco que la gran velocidad a la que iban y la parcial oscuridad del túnel dejaban ver, con sus manos desnudas pegadas al cristal.

Holasaludó Furia tímidamente.

No obtuvo respuesta alguna. Sintiéndose algo ridículo volvió a intentarlo.

No sé cómo decirlo pero, aunque no te he visto la cara, cuando he pasado antes por detrás de ti... te sonará raroFuria rió con desgana,  rascándose la nuca de forma que mostraba su gran incomodidad con aquella situación, pese a que él mismo la había forzado. Seguro que te conozco de algo, ¿No te ha ocurrido lo mismo alguna vez?

La chica seguía absorta en la ventana y ni se inmutó.  Furia al fin desistió.

Siento haberte molestado.

El joven regresó desganado al lado de Caro, quien se había sentado en uno de los viejos asientos ahora libres. Esta parecía enfadada, pero su orgullo fue mucho más allá de sus sentimientos. Hizo a Furia un ademan para que se sentase a su lado y le susurró unas palabras al oído:

¿Qué es lo que crees que haces?  

Es que, bueno yotartamudeó—... Nada, solo el ridículo.

Conque es esoRió Caro intentando hacer ver que la idea le divertía  ¿Te parece el momento o lugar apropiado… para ligar?

¡Pero qué dices!Rió FuriaNo es eso en absoluto....

¿Entonces qué es?

Esa chica, la conozco de algo.

Caro miró hacia aquella extraña de la capa verdosa que no se movía de la ventana. En su subconsciente se dibujaron velozmente mil paranoias, típico de mentes enamoradas cuando creen que su ser amado presta más atención a otra persona. En ese sentido Furia no había crecido: no se daba ni cuenta de lo que sentía esa chica por él.

¿Cómo vas a conocerla? –Replicó Caro- Si ni siquiera le has visto la cara…

Tienes razónResopló Furia—. Es una estupidez.

El tren seguía su camino haciendo sus pertinentes paradas. Unos minutos más tarde tan solo quedaban ellos cuatro y la chica misteriosa en el tren. La próxima detención sería en el laboratorio de Terráqueo: en el corazón de la ciudad. La única explicación de que aun estuviesen a bordo era muy sencilla: planeaban entrar sin autorización.

El único a quien reconocía, Furia, guardaba sobrados motivos para vengarse de Terráqueo, y quizás los que le acompañaban también… no, ¡seguro! En realidad todos tenemos motivos, la diferencia está en que unos pocos lo sabemos, la mayoría lo ignoran. Pero Furia, como antiguo miembro de Terráqueo, es un perfecto conocedor del sistema de seguridad para acceder al laboratorio. Sabe que no tiene ni un solo fallo, y que jamás ha sido burlado por nadie. ¿Qué pensaban hacer? ¿Enfrentarse ellos solos a todo el ejército de Terráqueo?  Por muy fuerte que Furia se hubiese hecho, por muy poderosos aliados que llevase consigo… haría falta un milagro para eso.  

Última parada en el sector B de Terráqueodijo una voz electrónica por megafonía, pasajeros sin autorización nivel 10, abandonen el tren.

La chica misteriosa salió de la esquina y se sentó justo enfrente a Furia y Caro.  Los cuatro se miraron de reojo. ¿Acaso tenía autorización para entrar en el laboratorio? ¿O pensaba entrar por las malas como ellos?

La mujer levantó ligeramente la mirada, dejado su boca y parte de su nariz al descubierto. Lo único llamativo de su rostro era el lado izquierdo de su  cara, donde había una gran y peculiar cicatriz vertical que le llegaba hasta la barbilla.

Manos y Gabriel se sentaron uno a cada lado de Furia y Caro. La chica no les quitaba ojo de encima.

¿Creéis que será una Quimera? Preguntó Caro a los otros tres.

No, no lo creo. Si lo fuese no estaría aquíContestó Furia.

Hace mucho tiempo que no pisamos Terráqueoreplicó Manos—. Quizás hayan añadido extras a la seguridad, ya te lo advertí. ¿Y si está aquí para detener a los que quieren ir más allá del sector B? ¡Yo digo que la ataquemos antes de que ella nos sorprenda!

Esperad un momentoPidió Gabriel llamando a la calma que comenzaba a perderse, ¿Y si está en nuestro bando? De todas formas no sería sensato atacar así como así. Quizás no podamos con ella.

No parece muy fuertese aventuró a decir Manos.

Si nos hubiésemos fiado de tu intuición habríamos acabado en Eternia  en vez de en Terráqueo —. Rió Furia.

La chica, que estaba atenta a la conversación, dejó ver una mueca irónica antes de volver a bajar la cabeza. Estaba oyendo toda la conversación que el grupo creía vanamente guardar en secreto, únicamente por que las palabras eran susurros que ellos mismos casi no percibían.

Todos se sobresaltaron al oír el primer toque de aviso, un pitido corto y alto. Cada minuto oirían uno, cada vez más fuerte a medida que se aproximaran  a Terráqueo. Un total de cinco pitidos, lo que les daba cinco escasos minutos para hacer lo que tuviesen en mente, fuese lo que fuese.

Nunca imaginé que vosotros tres acabaríais juntos, y menos en este lugarRompió a hablar la chica misteriosa, concretamente a Manos, Caro y Furia, sobresaltados al verla por fin romper su silencio.

¡Con qué estaba en lo cierto!Exclamó Furia poniéndose de pie de un salto¿Quién eres?

La chica rió sin muchas ganas. A decir verdad también me resultaba extrañamente familiar, pero no conocía a nadie con una cicatriz semejante en la cara; si lo hiciese me acordaría. Su voz no parecía humana, probablemente usase un camaleón, un aparato de apenas unos centímetros que se coloca tras una oreja, con el que puedes cambiar la voz a tu antojo. Pero es fácilmente reconocible para quienes lo hemos usado, ya que deja cierto eco metálico y resonante, como si hablases desde dentro de un túnel de lata.

La mujer se puso en pie lentamente, y apenas se quedó dos segundos frente a Furia, con esa mueca en su cara que tanto parecía gustarle, que mostraba a la vez indiferencia que burla. Sin mediar palabra se dirigió al otro extremo del tren, concretamente, a la computadora que se hallaba junto a la puerta de embarque.

La maquina se encendió automáticamente al notar su calor corporal. Su finalidad conocida por los pasajeros comunes era la de mostrar el itinerario del tren; la ruta conocida, ningún camino secreto, ni ningún otro tipo de información. Lo que tan solo los que hemos estado en Terráqueo sabemos, es que también forma parte del S.I.I., o Sistema de Identificación de Intrusos, el cual entra en funcionamiento después de los dos últimos puntos de control. La maquina libera sustancias inofensivas en el aire, que analizan datos como el tipo de sangre de los pasajeros, sus habilidades, estado y año de su nacimiento. En cuanto detecta que alguno de ellos no tiene autorización para continuar se procede a la inmediata inmovilización del tren. Mi intuición me decía que ninguno de los cinco pasajeros del Subdragon tenía dicha identificación...  

Por casualidaddijo la chica misteriosa a la vez que apoyaba su mano derecha en la pantalla del ordenador—. ¿Cómo pensáis entrar en Terráqueo?

Aunque sea presosdijo Furia—. Pero entraremos, es un hecho.  

¿Ese es tu plan, Derec?

Se hizo el silencio en el ambiente. ¿Derec? ¿Furia? ¿Es que él no era quien yo pensaba? Tenía que ser un error…

Como…tartamudeó quien quiera que fuese el chico¿Cómo sabes mi autentico nombre?

Derec, Caro, Sermesa medida que los iba nombrando se giraba hacia ellos hasta llegar a Gabriel—.Lo siento, a ti no te conozco.

¿Quién eres?Se impacientó Caro.

Eso ¿Quién?Apoyó su pregunta Sermes.

Os creía más inteligentes que esola chica meneó la cabeza hacia los lados—.  ¿De verdad habéis llegado hasta aquí sin un plan?

Lo hicimos sin pensarReplicó Lara—. ¡Tienen a nuestra amiga! En cuestión de horas piensan hacer algo terrible con ella…

Entiendo  La expresión de la chica ahora parecía más seria.

La megafonía del tren anunció el segundo pitido, este el doble de intenso que el primero. Caro se tapó los oídos. Tan solo aquellos que ya habían estado legalmente en Terráqueo podían escuchar los pitidos de control con total normalidad.  Estos recibían un pequeño procesador de sonidos de seguridad mediante una rápida inyección al cerebro.

¿Tienes un plan?Le preguntó Derec acercándose a ella mientras leía los datos de la computadora.

No había la menor duda: era una Icaria, una Psíquica. La raza Icaria se divide en dos tipos: los Psíquicos, con  poderes mentales y elementales; y los Físicos, con gran fuerza y agilidad, muy diestros en la batalla. Los datos de toda la central de Terráqueo estaban bajo su control mental y pasaban velozmente por la pantalla del ordenador, grabándose en su mente con la misma rapidez. Sus ojos desprendían un destello azul que se podía percibir en la oscuridad a pesar de que la capa le tapaba hasta la nariz.

La megafonía anunció el tercer punto de control con un tercer pitido casi insoportable para Caro, que se acurrucó dolorida en el suelo, tapándose en vano los oídos.

La chica terminó de reclutar información del ordenador en menos de un minuto, tras lo que se acercó de nuevo a ellos.

Dentro de apenas tres minutos descubrirán que los que viajan en el tren no tienen  autorización. ¿Qué creéis que ocurrirá entonces?

Cerrarán las puertas del tren automáticamente para evitar que escapemos, y una patrulla de Quimeras nos aguardará en la estaciónRespondió Manos.

Con suerte nos llevarán a las celdas de reclusióncontinuó Gabriel—, y con mucha suerte, las cosas no habrán cambiado demasiado desde la última vez que estuvimos allí, y conseguiremos escabullirnos hasta el laboratorio.

La chica se rascó el mentón, pensativa.

Supongo que es un plan, pero… ¿Y si os dijese que yo tengo otro mejor?

¿Cuál?Preguntó Derec mirando el reloj con impaciencia.

El cuarto pitido resonó en el compartimiento y Caro sintió como si los oídos le fueran a reventar.

—¡No hay tiempo! —Apremió la mujer—. Seguid con vuestro juego suicida, o seguidme a mí. Es vuestra elección.

Sin citar media palabra más, la chica giró bruscamente sobre sí misma, y asestó un puñetazo de inmensa potencia al ordenador, rompiendo la pantalla en mil pedazos. Las luces que iluminaban escasamente la vía se volvieron de un rojo intenso. La computadora chispeaba mientras sus circuitos internos iban explotando uno a uno. Los cuatro quisieron decir algo, pero tan solo pudieron abrir la boca sin articular palabra.

La mujer no se detuvo a dar explicaciones. Volvió con pasos rápidos a la puerta delantera del Subdragon, aquella que antes había estado mirando con tanto detenimiento. Con lo que para ella parecía un pequeño empujón, arrancó de cuajo la puerta arrojándola a la vía. El impacto a tan alta velocidad provocó una fuerte explosión que les hizo estremecerse. Después se asomó a fuera… y la velocidad hizo el resto.

La mujer salió despedida del tren, logrando agarrarse tenazmente a cuanto encontraba a su paso, evitando así ser arrastrada por la fuerza de la velocidad a la que iban. La parte delantera del vehículo estaba hecha de cristal blindado, por lo que los demás seguían absortos sus movimientos, preguntándose en que estaría pensando.

Llegó con gran agilidad al frente, quedando pegada al cristal por el efecto de la gran velocidad. El dragón estaba tan solo a un metro de ella, casi podía tocarlo. Aferró las bridas y demás ataduras que agarraban su cabeza al vagón y tiro de ellas con fuerza, haciendo que aminorase la velocidad. El dragón se sobresaltó por el susto, encabritándose y saltando varias veces, haciendo al tren chocar contra las paredes del tubo mientras se revelaba contra el nuevo dominio impuesto por las manos de la joven, que le sujetaban la cabeza con firmeza. Una vez se hubo calmado un poco, la chica intentó hacerle disminuir de nuevo la velocidad, la cual había aumentado al percibir un nuevo control sobre el ya estipulado en sus cálculos. El dragón guía cabeceó enfadado y luego resoplo con fuerza, pero finalmente cedió a la presión de las bridas sobre su cabeza y cuello, y giró en el próximo túnel a la derecha en vez de seguir recto como tenía previsto en su itinerario. Mientras, dentro el tren, Caro daba grandes gritos presa del pánico, que en ocasiones llegaban a asustar más de lo que estaba al animal. En una sacudida se agarró de la cintura de Derec, quien a su vez estaba agarrado a un tubo del techo para no salir despedido hacia atrás por la gran velocidad que llegaron a alcanzar. Los procesadores de sonidos de seguridad que los tres llevaban instalados no eran lo suficiente poderosos como para evitar los gritos de su compañera. Por si fuera poco no podían taparse los oídos, o taparle la boca, al tener las manos ocupadas en agarrarse al tren. Caro se agarró con tal fuerza a Derec que a punto estuvieron ella y los pantalones de este de salir despedidos hacia la parte trasera del Subdragon. Por suerte para ambos, la chica misteriosa consiguió dominar al dragón, y aminorar su velocidad a tiempo. Los tres se soltaron a la vez, cayendo rendidos al suelo.

Derec se puso en pie de un salto librándose de los brazos de Caro, para colocarse todo en su sitio. Manos y Gabriel, que cayeron cerca, se miraron con complicidad y rieron conjuntamente, algo que no sentó muy bien a la muchacha, que aún estaba pálida del susto. Derec fue hasta la parte delantera del tren y golpeo un par de veces el cristal que los separaba del dragón, sobre el que la chica se había acomodado como si de un caballo se tratase. Esta le contesto sin mírale, con un gesto de que todo marchaba bien.

¡Menudos pulmones!Aplaudió el corpulento.

Los tres estallaron en una carcajada mientras el rostro de Caro se volvía completamente rojo.

La vía continuaba dividiéndose en multitud de tramos, los cuales la chica no perdía de vista para guía al animal por el camino que había memorizado meticulosamente.

El hacer los túneles tan largos no era por necesidad, ya que en realidad no recorrían grandes distancias. Su finalidad era hacer que la gente dependiese de los Subdragones para llegar a cualquier parte del subsuelo, siempre controladamente. A su vez así también impedía que alguien osase abandonar sus fronteras, y podía saber en todo momento quien las cruzaba.  En realidad los utilizaban como métodos de control. Los túneles daban el mayor número posible de vueltas antes de llegar a su destino. El único medio de recorrer los túneles era en Subdragones. Y eses túneles subterráneos eran la única forma de llegar al laboratorio de Terráqueo y a la ciudad subterránea, donde vivía la gente pobre.

Sin embargo existen túneles más directos, diseñados para que los altos cargos de Terráqueo lleguen a su destino en el menos tiempo posible.

Por estés túneles más cortos solo van los Serterraneos, la única raza de dragones originaria de este planeta. Son unas serpientes marinas de proporciones gigantescas que viven en las profundidades del mar para refugiarse de la luz de la luna, que es mortal para ellas. Por eso en los túneles también encuentran un hábitat perfecto, ya que viven siempre con  oscuridad y luz artificial. Estés dragones arrastran los galeones, donde viajan los grandes magnates de Terráqueo. Unas fortalezas móviles  inexpugnables. Aunque estos dragones son de características inferiores a los demás, y por lo tanto tienen menos fuerza y alcanzan inferior velocidad, a penas se aprecia, ya que el recorrido es incomparablemente menor, lo que les permite disfrutar de un viaje sin sobresaltos o grandes velocidades.

 

Apenas había transcurrido un minuto desde que la muchacha había cumplido su inesperado plan, y ya estaban llegando a la estación. La chica los había guiado directamente a la puerta principal, donde desembarcaban los altos cargos y personalidades importantes de Terráqueo. Para mi sorpresa no había ni un solo soldado guardando la puerta. Cuando apenas faltaban unos metros para llegar, la chica sacó bajo su capa una granada veta, utilizadas para sabotear los aparatos electrónicos. La mujer parecía haberse estudiado todo meticulosamente, y era extremadamente hábil y previsora. Había sido una suerte que se topasen con ella...

El Subdragon fue deteniéndose progresivamente a medida que la desconocida tiraba de las bridas que sujetaban la boca del animal, hasta hacerlo completamente cuando estuvo exactamente donde la muchacha quería. Los cuatro bajaron del cajón, comprobando todos los rincones en busca de alguna resistencia.

No os preocupéisRió la mujer—. Hoy el presidente Magno tiene una importante junta con los líderes de los países más influyentes. Confía tanto en la seguridad de los Subdragones que ha dejado las estaciones al cargo de las cámaras de vigilancia.

Furia sacó de su espalda un Estruendo, una pistola de rayos. Ella bajo del animal de un salto, y evitó con un manotazo que le pegase una descarga a una de las cámaras.

Las cámaras son de alta sensibilidad.Dijo agarrando el Estruendo por la punta y desviándolo hacia el suelo. Cualquier sonido extraño, cualquier cambio brusco de temperatura, y sobre todo, cualquier daño en sus piezas, emitirá una alarma por todo el complejo alertando a más de diez mil soldados Quimeras. Y las Quimeras no están entrenadas para hacer prisioneros… Derec, deberías saberlo.  

Lo séadmitió volviendo el arma a su lugar—.  ¡Pero teníamos que intentarlo!

También sabíamos lo de la junta especialConfesó Gabriel—. Pero ¿sabes cuál es el motivo por el que ha reunido a los líderes de los países desarrollados?

Por primera vez, la chica parecía interesada por lo que decía alguien.

Por lo que pagué por la información debieron habérmelo dichodijo volviéndose hacia Gabriel. Pero no, no lo sé.

¡Han secuestrado a Selva para usarla como ejemplo de la nueva Quimera que han creado!Saltó Caro—. Necesitaban un Icario resistente al ozono para ello y…

¿Selva? … ¿Icaria?La chica parecía realmente sorprendida—. Eso no lo sabía…

Los Icarios estáis casi extintoscontinuó Manos—, llevaban años buscando a uno... y la han cogido a ella.

¡No quiero que Selva se convierta en un monstruo!Gritó Caro.

La chica de la capa echó a andar hacia la entrada al edificio, agarrando a Caro de la mano.

No podemos quedarnos aquí hablando, es peligroso. No os separéis de mí. 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 2. El desierto virtual

 

El gigantesco edificio podía divisarse desde la estación. Hacía mucho tiempo que mis ojos no veían aquella parte concreta entre el familiar paisaje gris que un día fue mi hogar, sin embargo, todo continuaba tal y como lo recordaba.

El edificio Presidencial se erguía a lo lejos, inmenso hasta casi alcanzar el techo,  el cual separaba con vigas y cemento el subsuelo del cielo, en un atentado criminal contra la naturaleza. La parte más alta estaba formada por miles de tubos terran de colores. Cada uno de ellos constituía una habitación para cada soldado. Transparentes desde dentro para que nos acostumbrásemos a vivir en las alturas, pero desde fuera normalmente no podía oírse ni apreciarse el menor movimiento. Mientras, la parte más alta estaba compuesta por una amplia variedad de azules, como si el cielo del edificio imitase al real, quizás con la idea de dar un cínico toque de vida al lugar. Sin embargo la parte inferior era muy diferente.

Aunque menos llamativa a primera vista, los gruesos muros de piedra estaban hechos con bloques de crayor; esas piedras imposibles de cortar en ladrillos más pequeños por su extremada dureza. Cada uno de los bloques medía desde cien metros cuadrados él más pequeño, hasta miles de metros los más grandes. Eran extraídos de las profundidades más remotas de los grandes océanos. 

El edificio presidencial había sido construido después que el laboratorio, y ambos estaban comunicados entre sí por un túnel secreto. Mientras que el laboratorio fue construido hace siglos con manos humanas, el edificio presidencial fue íntegramente edificado sobre los doloridos lomos de dragones de todas las razas. Querían hacer un monumento con el que con tan solo mirarlo, el mundo apreciase su supremacía sobre los poderosos dragones y no se atreviesen a desafiar a Terráqueo.

Los bloques crayor fueron extraídos del fondo de mar por dragones de descomunal fuerza, rendidos ante Terráqueo no por su propia voluntad, que lucho hasta el final por no ser doblegada, sino por los implantes de Ozono que los científicos instalaron en sus cerebros. Tan cierto como que el ozono, entre otras muchísimas aplicaciones, puede controlar la mente de las personas hasta límites inhumanos, a la mayoría de los dragones les provoca un daño mortal. Ese es el motivo por el que no pueden abandonar nuestro planeta cruzando la capa de ozono que lo rodea.

Los científicos de Terráqueo buscaron en silencio una solución a este problema. Cuando todavía existía una amistad entre Icarios y Dragones, Magno ya envidiaba su poder y ansiaba poseerlo. Justo cuando encontraron la manera de cumplir su ambición, y se hubieron asegurado bien de su eficacia, les declararon la guerra. Fue Magno quien envenenó la mente de los Icarios, fue él quien alentó su avaricia y reunió a la mayoría dispuesta a seguirle a la lucha por dominarlos. Como si en realidad Magno tuviese intención de compartir las ganancias…

Pero una vez ganada la guerra, y tras perder a varios dragones mientras intentaban ozonizarles con catastróficas consecuencias, todavía quedaba por resolver la cuestión de sus frágiles mentes, y su mortalidad inmediata en exposición directa con dicho gas. Fue entonces cuando los Erales descubrieron que el estalacto, el principal mineral que contienen las estrellas, junto con potentes resinas como la de los grandes Rowaflor, creaban una materia gelatinosa capaz de aislar del exterior cualquier material introducido en su núcleo, incluyendo el ozono. Con este descubrimiento hallaron la forma de introducir ozono en el cerebro de los dragones sin provocar su muerte.

Tras la guerra, la gran mayoría de los dragones que continuaban con vida contenían implantes de ozono en su cabeza y obedecían ciegamente a Magno, y a aquellos Icarios que pagaron su avaricia convirtiéndose junto con sus descendientes en frágiles humanos. Estos permanecieron generaciones en silencio, pagando a los Icarios con la misma moneda que usaron anteriormente con los dragones. En lugar de poseer su poder, acabaron convertidos ellos mismos en Quimeras. Pero ahora lo que Magno codició fueron los propios Icarios, aquellos que se habían alejado de la guerra y no habían sufrido el castigo del planeta eran el poder más valioso que le quedaba por conquistar. Los humanos ozonizados, ya sin voluntad, siguieron ciegamente sus órdenes y les dieron caza ferozmente,  capturándoles para que posteriormente ellos también fuesen convertidos en Quimeras. Unos pocos se escaparon y se mezclaron con los humanos,  olvidando sus poderes y habilidades para continuar siendo los dueños de su consciencia.  Aun así siempre habían sido perseguidos por Terráqueo, buscados incansablemente para ser estudiados. Aquellos que continuaban inalterados por el ozono eran los únicos capaces de desarrollar nuevas habilidades. Para cuando Magno se dio cuenta, había ozonizado a todos los Icarios que habían caído en su poder, por lo que buscó a los pocos exiliados de sus Quimeras, dispuesto a estudiarles para revertir el efecto. Pero nunca se logró nada al respecto… Aunque sí consiguieron desarrollar nuevas armas gracias a sus estudios sobre los Icarios inalterados, incluso las nuevas generaciones de Quimeras fueron mucho más poderosas, dotadas de habilidades especiales implantadas genéticamente durante su ozonización o nacimiento. 

 

Mientras divagaba, los cinco caminaban a paso veloz. Los tres chicos marchaban tras la joven de la capa verde, quien avanzaba con Caro agarrada de la mano, llevándola prácticamente en volandas. En su camino hacia la gran entrada del edificio, entre la que se interponían unas  gigantescas escaleras, se podían observar unas desconcertantes llanuras desérticas. Kilómetros y kilómetros de arena se extendían más allá de donde la vista alcanzaba: un desierto artificial en el subsuelo del mundo, para evitar encontrar el lugar con facilidad. Por si fuese poco, tenía sensores de virtualidad.

Caro lo comprobó por sí misma. Tras varios intentos consiguió soltarse de la mano de la joven, que tiraba de ella fuertemente para evitar que se detuviese, justo cuando estaban a pocos metros de alcanzar las escaleras gigantes. Al soltarse de su captora en un fugaz descuido perdió el equilibrio, saliéndose del camino marcado con luces blancas en sus bordes, para caer de lleno en el desierto virtual. Inmediatamente desapareció, su cuerpo se esfumó de los ojos que lo contemplaban, y a  su vez sus acompañantes de de los de ella. Tan solo podían oír sus gritos llamándolos con su potente voz.

¡Derec!Gritaba perdiendo los nervios—. ¿Dónde estáis?

La chica de la capa, sin cruzar con los pies al otro lado de la línea de luces, alargó el brazo hasta tocar el otro extremo. Su mano desapareció a la altura de la línea que dibujaban las luces blancas, y volvió a hacerse visible una vez regresó al otro lado. Terráqueo jamás habían revelado el secreto del desierto virtual, ni siquiera a los soldados de más alto rango. Sin embargo, siempre había sospechado que en realidad no se trataba de una extensión tan grande como querían hacernos ver. Un pequeño aparato de esos usado en el campo de batalla, podía perder al soldado mejor preparado en apenas unos metros cuadrados.

¡Caro!La llamó Derec aproximándose peligrosamente a la línea.

¡Quieto!Advirtió la chica interponiendo su brazo—. No crucéis las luces.

—¡No podemos salvarla!Aseguró Gabriel para sorpresa de todos—. Nadie ha escapado del desierto virtual. Es imposible.

Los tres bajaron la cabeza apesadumbrados, mientras que los gritos de Caro seguían oyéndose cada vez más débiles. En cambio, la chica misteriosa sonrió.

Aunque también el sistema de los Subdragones es imposible de burlar. Eso es al menos lo que Magno desea que pensemos.

Tienes razónañadió  Derec.  Mientras todos crean sus palabras, nadie se arriesgará a intentar contradecirlas. ¡Seguro que hay una forma de sacarla de ahí!

¡Pero es el desierto virtual!Exclamó Manos—. Es el cuento que se narra a los niños malos para que se porten bien. Dicen que en su interior habitan bestias que ninguna fuerza o poder pueden vencer, y que su rostro es el del mismísimo miedo: los Miedos.

¿Y tú eres un niño asustado, Manos?Rió la chica con su risa metálica que parecía salida de otro cuento de terror.

De repente los gritos de Caro pasaron de ser susurros a inquietante silencio. Manos estaba blanco. Gabriel y Derec contemplaban el paisaje desértico sin esperanzas. Ni en sus peores pesadillas se le pasaría a alguien entrar ahí. Por lo visto Caro era la única a quien no le habían leído ese cuento para dormir.

Abandoné la mente de Derec e intenté indagar en la de la chica misteriosa, deseoso de saber que era lo que pasaba por ella para estar tan serena, pero como me imaginaba, era demasiado poderosa como para flanquearla. Probé de nuevo, esta vez con la de Caro. Aunque me costó encontrarla, al final di con ella. Estaba acurrucada en el suelo contra unas rocas, temblando como un ligero papel impelido por el viento. La virtualidad era asombrosa, y más aún para ella, que no parecía saber en qué lugar se encontraba. Pero yo me enfrentaba a otro dilema… Por más que intentaba recordar donde la había visto antes no conseguía hacerlo.

El cielo se había vuelto negro, señal de que ella estaba realmente asustada. Aun no parecía haberse encontrado con ningún Miedo, pero a ese paso no tardaría en hacerlo. Los monstruos de ese desierto pueden oler el terror a grandes distancias, y lanzarse sobre su víctima en segundos. Eso dicen las leyendas…

Caro levantó la cabeza, que tenia incrustada entre sus piernas. Ya no se atrevía a gritar; desde allí no podía oír el otro lado y parecía que la habían abandonado. En el oscuro cielo se estaban dibujando nubes de tormenta. Los relámpagos lo iluminaron: primero en la lejanía, luego cayendo al lado de ella. Se levantó de un salto justo cuando uno de ellos iba a caerle encima, y echó a correr asustada. Los rayos parecían tener vida propia, ya que la  perseguían cada vez más rápido, hasta que uno la alcanzó muy cerca, y el impacto la lanzó por los aires, varios metros por delante.

Caro quedó tendida en la arena, magullada y temblorosa, tapándose la cara con las manos. No había ni un árbol, ni una roca, nada en absoluto a su alrededor. Cuanto más fuerte fuese su inquietud, más oscura sería su situación: los Miedos no tardarían en aparecer.

Tras un rato en pleno silencio, sintió calor delante de ella. Alzó la mirada a lo lejos y pudo observar una gran llamarada. Se levantó de un salto y echó a correr hacia el incendio a toda prisa. A medida que se acercaba pude comprobar que era todo un pueblo ardiendo. Me resultaba muy familiar.

La chica se detuvo en seco a escasos metros de las llamas, y observó el panorama mientras las lágrimas brotaban  libremente de sus ojos, resbalando por sus mejillas. Por fin  recordaba donde la había visto antes...

El pueblo que ardía era Último Destino. Rememoré a Caro, solo que de aquella tenía seis años menos, unos doce. Y no la llamaban Caro, sino Lara. Ella la llamaba así también; allí fue donde conocí a Draga.

Las casas ardían y de ellas caían escombros al suelo mientras la gente corría para salvar sus vidas. Aún recordaba sus caras, pero solo tras volver a verlas, me daba la sensación de que jamás las habría evocado si no las pudiese ver tan caramente en la visión de Lara.

La casa más cercana se desplomó levantando mas llamas con su derrumbe, que se esparcieron instantáneamente por las casas contiguas. Los niños lloraban llamando a sus padres, las madres gritaban desesperadas y los jóvenes agarraban a los primeros que encontraban en su camino para alejarlos de aquel infierno. Pero al llegar a los límites del pueblo sus esperanzas se hacían trizas contra la barrera de Quimeras que se había creado en derredor. Rodeados sin piedad, condenados irrevocablemente a una terrible muerte... ¿Tal era el odio de Magno por aquel lugar que ni siquiera se detuvo a hacer prisioneros, a salvar a aquellos que considerara útiles para ozonizar o estudiar?

 Los que intentaban traspasar el límite morían a manos de estos monstruos, cuyas indiscutibles órdenes eran atacar a todo aquel que se acercase lo suficiente. Nunca había visto aquellas imágenes… ni siquiera recordaba el momento en el que me había separado de Draga, pero por la edad de Lara, recostada en el suelo entre las llamas, incapaz siquiera de ponerse en pié, supe con certeza que aquello había sido tras perder la consciencia de mi mismo.

¿Dónde estaría Draga? ¿Morirá aquel día allí? Por un momento, el optimismo que había luchado por conservar durante todos estos inciertos años, me abandonó. No, no sería típico de ella. Hubiese peleado hasta la muerte por salvarlos a todos. Algo debía haberla retenido en otro lugar en el momento de la catástrofe. Pero entonces ¿cómo había sobrevivido Caro?

Su padre, Sholi, salió de entre las llamas y la tomó en brazos. Caro parecía estar en estado vegetal, paralizada por el miedo, aterrada a cusa de todo lo que la rodeaba. Muerte, dolor, impotencia… Su padre por suerte parecía más despierto, por lo que la alejó del peligro, pero acercándose inexorablemente a otro mientras corría con todas sus fuerzas hacia las Quimeras.

Los soldados actuaron sincronizadamente. Observé impotente la tragedia, incluso tras haber visto a Lara viva en el futuro podía intuir un trágico desenlace. Las Quimeras alzaron sus Multiformes, el arma reglamentaria de los soldados Terráqueos, capaz de transformarse en cualquier cosa en cuestión de segundos. En aquella ocasión las Quimeras las convirtieron en afilados cuchillos de grandes proporciones. Pero aunque Sholi tuvo tiempo de sobra de verlos, incluso de frenar y esquivarlos, no se detuvo ante sus afilados ápices, si no que con todas sus fuerzas lanzó a su hija sobre las Quimeras, pocos metros antes de encontrar él su fin, traspasado por  las armas de tres de ellos.

Caro cayó al otro lado de las Quimeras, dándose un buen golpe en la cabeza. Se irguió lentamente y se giró buscando a su padre con la mirada. Tres grandes cuchillos estaban clavados en él, uno en el vientre, otro en el cuello, y otro a la izquierda del corazón. Su cara estaba pálida y sus brazos, aún levantados tras lanzar a su hija, temblaban  intentando sostenerse erguidos. Su rostro sudoroso trataba de arrancar de su boca una última palabra de despedida para su hija, en quien clavo su mirada hasta su último aliento, justo hasta que sus pupilas perdieron su brillo, volviéndose inertes y condenadas a permanecer fijas para siempre.  

Las Quimeras, como quien se desprende de un instrumento roto, volvieron sus armas a su forma original, y al instante, Sholi se desplomó muerto. Caro se quedó inmóvil al otro lado. Llamaba a Draga a plena voz, acostumbrada a que siempre apareciese en los momentos más difíciles para rescatarla. Pero esta vez no acudió a auxiliarla. Caro recordó sus palabras, incluso yo pude sentirlas audiblemente en su cabeza “No vuelvas a decir jamás que quieres ser como yo. Eso solo te traerá desgracias”.  En ese momento entendió lo que quería decir, pude sentir sus divagaciones y lamentos dentro de su cabeza. “Tan solo quería ser fuerte como ella, pero no quería las demás cosas que eso implicaba. No quería estar sola. No quería sobrevivir a las personas que amaba y luchar por seguir viviendo…”

Permaneció allí inmóvil, llorando y gritando mientras veía al pueblo consumirse. Las Quimeras mataron a todo aquel que se les acercase por delante, sin embargo a ella no la tocaron. A la mañana siguiente dieron media vuelta y se marcharon, pasando por encima de Caro, que se había desmayado de agotamiento, pero no le hicieron daño alguno, ni siquiera repararon en su presencia.

Por lo que vi en aquel desierto macabro, aquella chica fue la única superviviente del incendio. Las Quimeras obedecen ciegamente las órdenes asignadas por sus superiores, que a su vez tan solo siguen las de su único amo, Magno. Probablemente habría ordenado matar a todo aquel que fuese hacia ellos. Al cruzar Lara la línea que les habían obligado a custodiar, no la consideraron un objetivo de su misión, es más, ni siquiera la vieron, precisamente porque no les habían ordenado que mirasen tras sus espaldas. Aquella absurdidad de miras iba acompañada del gran poder e inquebrantable obediencia de las Quimeras. Hasta el mejor ejército de estas podría perecer en una batalla contra un solo soldado si nadie les ordenase antes que se defendieran.

Recordé a Sholi, un hombre fuerte, muy respetado. Fue de los pocos que alguna vez llegaron a creer en mí. Siempre se le veía feliz. Me enteré en el pueblo de que había perdido a su esposa dos años antes de que yo llegase allí, por lo que tenía a su hija sobreprotegida. Recordé que Caro siempre estaba imitando a Draga. Decía que de mayor quería ser como ella. Jugaba a las espadas con los demás chicos del pueblo siempre siendo «la valiente Draga». Cada vez que había algún problema, iba tras ella y tomaba nota de todo lo que hacía con meticulosidad. En más de una ocasión se adentró sola en el bosque Misterioso, el cual rodeaba el pueblo y en el que habitan las más peligrosas criaturas. Rápidamente Draga iba tras ella y evitaba el desastre. Siempre sucedía así… hasta ese día.

La imagen de Último Destino ardiendo se evaporo en un suspiro. Caro dio un salto hacia atrás. Observó sus alrededores y volvió a ver el cielo negro y la inmensidad del desierto.

De pronto un escalofrío le recorrió la espalda, síntoma de que ellos andaban cerca, pero ella no lo sabía. Se giró en todas direcciones sin saber en cual correr. Sentía una extraña presencia acechándola, pero para cuando se diese cuenta, esta ya estaría sobre ella. Así actúan los miedos.

El viento, que hasta entonces había sido inexistente, ahora soplaba con fuerza. Sus oídos captaron lo que parecía un grito muy débil. Cada segundo que pasaba se sentían más gritos, cada vez más altos y más sobrecogedores. Los Miedos la habían atrapado mientras contemplaba distraída esa visión de su pasado. Ya no había escapatoria para ella. La única manera de vencer a los Miedos era no temiendo a nada. Solo alguien que hubiese superado todos sus temores, incluido el temor a perder su vida en el intento, tendría él suficiente poder de derrotarlos a todos. Evidentemente Caro no era esa persona, su trauma del incendio lo había dejado claro; aun tenía miedo. Cada persona que caía en la trampa virtual y era captada por ellos, moría aunque siguiese viviendo, convirtiéndose en uno más. Pasando el resto de su vida atrapada allí con el único fin de encontrar a más personas extraviadas y unirlas a sus filas.

 Los Miedos por fin se mostraron. Su cara, lo único que se veía bajo sus mantones negros, era indescriptible, como bien dicen las historias, la misma cara que les pone nuestro miedo. El miedo de Caro era muy grande. Horrible.

Tras mostrarse se lanzaron sobre ella, como depredadores sobre su presa peleándose por la mejor parte. Caro gritó horrorizada aún sabiendo que no serviría de nada. Estaba perdida.

En cuestión de segundos el lugar volvió a su silencio anterior, un silencio sepulcral. Caro ahora ya no tenía miedo, tampoco consciencia de sí misma, ni de nada. Su cara se volvió blanca como la nieve y el manto negro del cielo envolvió el resto de su cuerpo. Era una de ellos.

Siguió a los demás por instinto; no sabía ni donde estaba, ni quién era, ni si sentía dolor o miedo. Solo había una gran paz, imagino que semejante a cuando estás muerto… pues no sabría decir con exactitud si aquel era mi estado, solo que yo no la experimentaba.

Los miedos eran inmunes a mis cavilaciones y vagaban sin rumbo por el desierto, unos tras otros, adoptando la textura del viento, haciéndose ligeros, invisibles. De pronto, la gran paz que inundaba a Lara se volvió inquietud. Los miedos percibieron que alguien más había traspasado sus fronteras. Veloces, se dirigieron hacia donde estaba su nueva víctima, topándose, para mi sorpresa, con la chica de la capa verde, que estaba inmóvil en el medio de la nada, como si fuese ella la que los esperase a ellos.

Los miedos se camuflaban con el aire convirtiéndose en la brisa que movía ligeramente la capa de la chica. Ella parecía saberlo, bajo tierra no sopla el viento, continuaba estando allí, en la estación subterránea de Terráqueo, aunque la virtualidad se empeñase en hacerle creer lo contrario.

La chica no se movía. Respiraba con total tranquilidad mientras que eran los propios miedos los que se agitaban nerviosamente, cada vez moviéndose más rápido. La muchacha sentía como esa pequeña brisa cada vez se convertía en un viento más fuerte. Buscaban en sus recuerdos algo que pudiese hacerle sentir miedo. En el horizonte se dibujaban pequeños destellos de su vida, como rebobinado a gran velocidad, buscando aquella parte con la que pudieran capturarla… pero transcurrían tan rápido que no pude distinguir nada. ¿A qué persona le ha llegado a importar tan poco su existencia como para no temer nada? No creía que careciese de  malos recuerdos, estos no son tiempos fáciles para nadie. O bien los había superado, o realmente lo había pasado tan mal que había llegado a no importarle nada. Fuese lo que fuese, los Miedos gritaban y se revolvían impotentes. El viento era cada vez más fuerte, más lleno de poder alimentado por la frustración, por lo que acabó convirtiéndose en un huracán. La chica extendió los brazos hacia el suelo y su capa dejó de agitarse, mientras que sus pies no perdieron el contacto con la tierra en ningún momento, por lo que deduje que utilizaba algún contra nefelio de aire.

Los Miedos comenzaron a girar sobre sí mismos haciéndose cada vez más sólidos, con formas humanas. Finalmente el cielo dejo de ser negro y se volvió marrón, marrón como los muros del edificio Presidencial de Terráqueo, de enormes bloques de crayor. La arena del desierto desapareció dejando ver el autentico suelo gris, como el que pisaban desde la estación hasta las escaleras gigantes. La infinidad del desierto quedó reducida a unos cuantos metros. Caro reapareció con su verdadero aspecto, tumbada en el suelo entre multitud de personas apiñadas unas encima de otras. Derec, Manos y Gabriel contemplaban la escena desde el camino.

La chica de la capa por fin avanzó apresuradamente, y rescató a Caro bajo los cuerpos sin sentido de aquellas personas que habían sido transformadas en Miedos. Ella también había perdido la consciencia.

La chica la tomó en sus brazos y regresó al camino. Derec agarró a Caro en cuanto ambas se hubieron adentrado de nuevo en el sendero de las luces blancas.  La tumbaron en el suelo y comprobaron que respiraba con normalidad. La chica de la capa alargo su mano derecha, de repente iluminada con luces blancas y verdes.

La posó suavemente sobre el pecho de la chica, que comenzó a toser con fuerza, y poco después abrió los ojos. Lo primero que vio fue media cara de la chica misteriosa, la boca y parte de la nariz era lo único que dejaba ver su capa verde. Ignorando a Derec, que permanecía a su lado, se incorporo de golpe y abrazo a la desconocida.

Estaba allí sola, muerta de miedoDijo emocionada—. Pero oí tu voz en mi cabeza y... ¡Gracias!

Tranquilízatedijo la joven pasando su mano por el revuelto pelo de Caro, que se había pegado a ella como una lapa, y no parecía tener intención de soltarla.

¿Estás bien?Preguntó Furia sin demasiado énfasis, apoyando la mano levemente sobre su hombro.

Caro por fin soltó a la chica y se giró hacia Derec con ojos de decepción.

Siempre pensé que si me pasara algo tu vendrías a rescatarme – Le dijo con tristeza- ¿Acaso nuestra historia está condenada a ser solo un bello sueño, un recuerdo demasiado lejano como para ser escuchado? ¿O es que jamás salieron de tus labios aquellas promesas, esas palabras que siempre he atesorado celosamente tan solo fueron una burla de mi propia imaginación, inexistentes como lo es la sombra del propio viento? 

Los ojos de Furia continuaban inanimados pese a tan hondas palabras, resistiéndose a cualquier reacción humana a pesar de que contemplaban el rostro compungido de Lara, sus labios temblando mientras pronunciaba sus sentimientos más íntimos en voz alta.

¡La culpa fue tuya!Replicó Derec indignado, levantando al instante su mano del hombro de Caro—.  Te dije que tuvieses cuidado, ¡Y tu vas y te caes justo ahí!

Furia se había quedado tan solo con la primera frase que Lara había pronunciado, o quizás ni eso, y simplemente se había limitado a responderle a lo que creía haber oído en su propia imaginación. Su mente estaba saturada, sus pupilas impasibles tan solo eran la cara externa de la pérdida de su humanidad. Los ojos de Lara se humedecieron, pero rápidamente esta limpió las lágrimas con su puño, y sin más que añadir a lo que parecía una causa perdida, se puso en pié de un salto. Fue Gabriel, más afectado por las palabras de Derec que su mismo causante, el único que siguió a Lara con la intención de consolarla.

Ya no queda nada del Derec que recordabaAdmitió Lara entre sollozos que ahogó rápidamente para que no fuesen oídos por los demás—. Lo sé, y aún así…

No desesperes, todavía hay esperanza para élLa alentó Gabriel más positivamente de lo que era real esperar, como suele hacerse cuando se trata de animar a alguien que se hunde irremediablemente.

Si al menos yo fuese como ella…

¿Como quien?

Draga… Ojala fuese igual que ella. Así podría arreglármelas sola sin depender ni esperar nada de nadie, ser fuerte para proteger a los que quiero. La echo terriblemente de menos.

Gabriel estuvo tentado a preguntarle, pero enmudeció antes de llegar a pronunciar la primera sílaba. Los ojos de Lara se humedecieron aún más al recordar a Draga, por lo que mis preocupaciones por su bienestar se multiplicaron en un instante. Deseé dejar de ser viento errante, olvidé un momento mi empatía por la muchacha mientras que ansiaba recuperar mi sólido cuerpo, zarandearla y sacarle toda la información que dispusiese sobre mi amada… Pero el violento huracán de emociones que se desató en el desconocido lugar donde me hallaba, de pronto amainó. En realidad no tendría las fuerzas suficientes como para soportar oír que todo cuanto amaba había desaparecido para siempre… que mi única razón de ser había dejado de existir. ¿Acaso algún vez estaría preparado para escucharlo? Lo dudaba mucho… Sin embargo prefería seguir aferrándome a una pequeña esperanza, incluso aunque se tratase de un engaño. La vida sin ella… o más bien la media vida que ahora tenía, sería terriblemente insoportable sin una razón para luchar. Y ni siquiera sabía si en mi estado tendría siquiera la posibilidad de dejar de existir si el dolor se hacía terriblemente insoportable.

No es necesario que seas una copia de alguienTrató de confortarla Gabriel—. Toma las buenas cualidades de Draga como referencia, y desarrolla tu propio potencial…

¿Cómo Draga?Rió Derec irrumpiendo repentinamente en la conversación—.  Ya estamos otra vez con lo mismo. ¡Tú nunca serás como ella! Deja de soñar despierta. Todavía nos queda mucho camino, y aquí abajo debemos tener los pies en la tierra si queremos sobrevi…

Caro le cruzó a Derec la cara con una bofetada, tras lo que se echó de nuevo a llorar.

Recuerdos fugaces cruzaron los funestos pensamientos de la joven, por lo que pude recordar vagamente algunos momentos de sus vidas que yo mismo había vivido de cerca. Furia siempre andaba pegado a Draga en Último Destino, tanto como Lara lo hacía a su vez con Derec. Mis recuerdos me indicaban que Furia nunca parecía haberse dado cuenta de que Caro en realidad estaba enamorada de él, y lo cierto es que su actitud hacía entender que este mostraba aquel mismo sentimiento para con Draga.

¡Dejadlo ya!Les reprendió Gabriel poniéndose en medio—. ¡No es momento ni lugar para estas niñerías! Tu eres el menos indicado para hablar de tener los pies en la tierra, chaval. ¿Acaso te escuchas? Trata de luchar contra ese mal antes de que sea demasiado tarde.

¿Dónde está esa chica?Llamó la atención de los tres Manos.

Todos comenzaron a dar vueltas sobre sí mismos, impacientes y  nerviosos por haberla perdido de vista. Al final la encontraron, a bastantes metros por delante de ellos. Se había detenido en lo alto de las escaleras gigantes, escabulléndose silenciosamente de aquella conversación que parecía que no le importaba lo más mínimo.

Los cuatro se miraron asombrados. ¿Cómo habría llegado allí? Estaba claro que ocultaba algo. Los Psíquicos no tienen habilidades físicas. Los Icarios no pueden ser ambas cosas a la vez... Aquello era una verdad universal. Tenía que haber otra explicación... Entonces recordé algo que había leído una vez… los Psíquicos de nivel superior pueden llegar a teletransportarse mentalmente. Aquello ahora les estaba proporcionando una gran ventaja… pero el problema del poder es que si no se controla puede volverse en tu contra. Y esa chica era todo un inquieto tornado, rebosante de talento… de habilidades que de ponerse en contra de sus nuevos aliados, acabarían con ellos en apenas un suspiro. Rogué en silencio, lo único que podía hacer para manifestar mi preocupación. Pedí cordura para la mente de Furia, aquel con quien más había compartido, y por lo tanto con quien había adquirido mayor afinidad. Repetí que vigilasen sus espaldas, traté con todas mis fuerzas de ser oído, pero era en vano… aún así no me cansé, puesto que el esfuerzo me mantendría ocupado y evitaría que mi mente sucumbiese entre malos recuerdos y funestas conclusiones.

Aquella chica era más poderosa de lo que imaginaban, y tenerla como enemiga sería su fin… ¿Alguien se había planteado siquiera esa posibilidad? 

Todos echaron a correr hacia ella. Habían perdido demasiado tiempo.

Al llegar se detuvieron en seco a contemplar lo mismo que ella examinaba detenidamente. Cada escalera mediría unos diez metros o más. ¿Cómo iban a subirlas? Y lo más curioso… ¿Cómo las había subido ella si cuando habían llegado la escaladora estaba en el mismo lugar que ahora, justo a su lado en el nivel más alto?

Las escaleras eran otra de las medidas de seguridad de Terráqueo. Ellos usaban unas maquinas llamadas escaladoras. Una cabina con unos veinte lujosos asientos, exclusivos para visitantes impresionables, altas Quimeras y selectas personalidades. A sus pies tenía un motor que impulsaba cuatro astas metálicas con forma de cruz. Cada una de ellas media igual que la altura de cada escalera. El motor las movía de forma que iban acoplándose perfectamente en estas, adhiriéndose a su vez con ventosas de Dragón marino, colocadas específicamente para mayor seguridad.

La muchacha mostró su impaciencia gesticulando desde lo alto de las escaleras. Yo las había contado en varias ocasiones a mí regreso a Terráqueo. Eran exactamente 156 escalones gigantes. Pero la inmensidad del obstáculo no me distrajo al igual que al resto. Me inquietaba más un pensamiento, una idea que aplastaba mi mente mientras no era capaz de observar otra cosa que las reacciones de la extraña. Me daba la impresión, aunque quizás me equivocase, de que a la chica no le importaban las dificultades que supusiesen las medidas de seguridad de Terráqueo, sino los ocho ojos que la observaban. Eso explicaría que se hubiese escabullido silenciosamente aprovechándose de la confusión… Era tan solo una teoría… una posibilidad que podía ser cierta o no. Quizás mi cabeza estaba demasiado saturada de malos pensamientos, por lo que necesitaba urdir tramas y mantenerla ocupada con cualquier tema de suficiente intensidad, aunque no contase con el mismo nivel de cordura.

Los cuatro se sobresaltaron en cuanto la muchacha puso en marcha el mecanismo de la escaladora, y esta comenzó a descender por las escaleras con asombrosa precisión y rapidez, sin emitir el menor ruido.

Cuando llegó abajo, Manos fue el primero en poner sus pies en el vehículo, ansioso por explorar cada detalle de su ingeniería, abriendo su motor con calma e impaciencia al mismo tiempo. Su interés por las maquinas iba más allá de lo convencional, de modo que sería más acertado catalogarlo como una pasión. Las inmensas manos del hombre dejaba de ser aparatosas, y cada uno de sus gruesos dedos irradiaba ternura con cada tuerca que acariciaba, mientras que sus ojos chispeaban, se iluminaban con cada mecanismo que atisbaban… Podría decirse que aquella fascinación era de la misma intensidad que el amor que sentía Lara, aunque ambos sentimientos estuviesen en frecuencias diferentes.

Por lo poco que sabía del grandullón, se veía el típico del grupo que tiene las ideas más absurdas, aquel al que nadie presta atención y se afana ruidosamente por ser escuchado. En cuanto a los demás, la atormentada cabeza de Furia  parecía que ya poca resistencia podría prestar, y si lograba reunir fueras para luchar, quizás hasta se golpease a si mismo… tal era el estado de confusión que leía en sus ojos. Lara se sentía demasiado inútil como para lograr hallar las fuerzas para luchar, y si reunía el coraje necesario no usaría su propio poder, sino el de aquella a quien idolatraba, por lo que sus expectativas jamás se corresponderían con la realidad. Quizás Gabriel, el único en quien podía atisbar cierta sensatez, fuese igualmente cabal en combate… aunque ni siquiera había tenido la precaución de llevar un arma consigo, y en un lugar así, independientemente de lo poderosas que fueran sus habilidades, era una clara muestra de exceso de confianza por su parte. No obstante, sería fácil para una Psíquica de poder impredecible e ideas claras llevar a ese grupo de confiados por el camino que desease. 

Los cuatro se introdujeron finalmente en el vehículo. Me frustré terriblemente; a pesar de mis esfuerzos tan solo lograba reproducir el mismo sonio audible que el del silencio reinante… y eso a pesar de que estaba más que acostumbrado a que mis pensamiento fuesen tan solo eso, con todas las limitaciones que aquello  implicaba.

¿Cómo habrá llegado a ahí?Se dijo Derec en voz baja.

Deberíamos tener cuidado con ella.Advirtió Gabriel, el único que parecía tener algo de sentido común—. Es muy poderosa.

¿Qué dices?Saltó Caro tomándose el comentario como algo personal—. ¡Si no fuera por ella, yo aún continuaría en el desierto!

La escaladora comenzó a ascender en absoluto silencio. La chica les hizo una señal desde lo alto, y los cuatro se miraron un segundo justo antes de que las puertas se cerrasen. Intuí cierta desconfianza, lo cual era buena señal… Pero ¿Acaso tenían otra opción?

Las vistas desde allí eran impresionantes, nunca las había percibido tan libremente a  pesar de que no era a través de mis ojos desde donde las vislumbraba en aquella ocasión.

Dentro de la trepadora, Caro continuaba defendiendo a la joven a capa y espada. Parecía haber encontrado en ella lo que había perdido con Draga. La heroína perfecta con la que paliaría todas sus carencias y complejos.

Y eso no fue todo en el desiertoContinuaba Caro. Cuando era un Miedo pude ver cosas en su mente, no muchas, es realmente fuerte. Tan solo con su pensamiento fue capaz de derrotarnos a todos. Pero no vi ninguna mala intención en ella, creedme. Pude percibir incluso interés por salvar a Selva.

Los tres se quedaron en silencio, pensativos.

¿Estás completamente segura de lo que dices?Preguntó al fin Derec.

Yo confío en ellaafirmó tajantemente.

Esa chica; siempre queriendo hacerse más fuerte, sin darse cuenta de que siempre que lo intentaba era apoyándose en la fuerza de otra persona a quien admirase, no en la suya propia. Así nunca conseguiría su propósito, solo engañarse a sí misma. 

Gabriel se levantó de su asiento mientras los demás le observaban desde los suyos, y comenzó a pasear de un lado a otro por el pasillo.

No te has parado a pensar…dijo finalmente dirigiéndose a Carosi tiene buenas intenciones, ¿Por qué tiene tanto que ocultar?

Caro bajó la mirada un momento. Se dispuso a contestarle cuando Gabriel la interrumpió. Les hablo brevemente del camaleón que llevaba la chica para ocultar su verdadera voz, por lo que deduje que el también había estado en Terráqueo, y no por poco tiempo. También habló de su capa: no tenía nada significativo, pero solo era una prueba más de que ocultaba demasiadas cosas.

Caro se cruzó de brazos sin nada que añadir. Manos gruñó con rabia y se fue hacia la ventana del lateral más lejano de la cabina con forma rectangular. Mientras, percibí que la mente de Derec era un puro dilema. Su sentido común le decía que escuchase a Gabriel, que no se fiase de ella. Sin embargo, una fuerza extraña que crecía en su interior, fiable o no, le incitaba a confiar.

De momento nos está siendo útilDijo mientras la escaladora recorría los últimos peldaños—. Sin ella estaríamos ya en manos de las Quimeras.

Caro levantó la vista con admiración, como preguntándose por que la defendía. Hacía falta una palabra acertada para que Derec le alegrase el día, y un discurso de barbaridades y desprecios para que se sintiese un instante desdichada. Esa es una de tantas ironías del amor.

Pero ni Derec sabía por qué había hablado a favor de la extraña, solo percibía que quería hacerlo.  Quería confiar en aquella desconocida que les había salvado la vida; aquella chica con la voz camuflada y cubierta totalmente por la capa verdosa, que los había introducido en la boca del lobo.

 


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